la luz dorada del cabo de gata
Historias de turismo, para quienes saben que el turismo es una forma sutil de descubrirse entre lo desconocido.
Había algo en el aire del Cabo de Gata que no se dejaba nombrar. Tal vez era el silencio seco, la sal suspendida en el viento o esa luz dorada que parece haber aprendido a acariciar sin quemar. El auto se detuvo en una curva solitaria del litoral, justo donde la tierra se despeñaba suavemente hacia el mar. Ahí estaba ella, como si supiera que nos encontraríamos. No preguntó mi nombre, ni de dónde venía. Me alcanzó un higo recién cosechado y sonrió con el sol en los ojos.
—Este lugar no se mira, se respira —me dijo.
Y respiré.
Las casas blancas del poblado se alineaban humildes, sin alardes. San José, La Isleta del Moro, Las Negras… cada nombre parecía extraído de un poema antiguo. Caminamos entre senderos de lava dormida y cactus silenciosos. Ella hablaba poco. Su voz parecía fundirse con el paisaje, como si la arena necesitara tiempo para decir las cosas.
Me mostró el Arrecife de las Sirenas al atardecer, donde las piedras parecían haberse puesto de puntillas para tocar el cielo. Me contó que antiguamente los pescadores confundían el canto del viento con la voz de mujeres del mar, y yo, sin dudarlo, lo creí.
—No viniste a ver. Viniste a sentir —susurró mientras me guiaba hacia la cala escondida de San Pedro, donde el agua es tan clara que parece revelar los secretos que el corazón aún no se atreve a decir.
Aquella noche dormimos bajo un cielo que no necesitaba estrellas para ser infinito. Ella me habló de volcanes dormidos y de caminantes que llegaron buscando un lugar y encontraron, sin esperarlo, una versión más verdadera de sí mismos.
—Aquí no se viene a escapar —me dijo, antes de quedarse dormida con los pies llenos de arena—. Aquí se viene a recordar lo que uno ya es.
Cuando me desperté, el sol ya había trepado el horizonte y ella no estaba. Pero en su lugar, encontré una piedra pequeña, lisa, blanca, con una inscripción escrita a mano:
"No estás perdido. Estás llegando."
Y en ese instante entendí que el Cabo de Gata no era un destino, sino un espejo. Uno que aparece sólo cuando el alma, cansada de buscar, decide al fin detenerse a respirar.
"Camino en la niebla"
Relatos de viajes por Gabriela Marinelli

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