Viajar en la era del selfie: cómo perdimos el encuentro con otros en los viajes

Viajar sin otros: la era del selfie y la pérdida del encuentro

Selfies, una nueva forma de viajar

De pedir una foto a desconocidos a encerrarnos en nuestra propia imagen: cómo el viaje dejó de

ser un puente hacia los demás para convertirse en un reflejo de nosotros mismos.

 

Hubo un tiempo —no tan lejano— en el que viajar implicaba, inevitablemente, confiar en otros.

No era un gesto menor. Pararse frente a un monumento, una plaza o un paisaje y acercarse a alguien —un desconocido, casi siempre— para decirle: “¿nos sacás una foto?” era, en sí mismo, un pequeño acto de humanidad. Un pacto efímero. Un instante compartido entre dos personas que probablemente no volverían a verse jamás.

Ese gesto hoy está en retirada.

No desapareció por completo, pero dejó de ser la norma. Fue desplazado, lenta pero inexorablemente, por la lógica del selfie: la autosuficiencia técnica, la inmediatez, el control absoluto de la imagen. Lo que ganamos en autonomía, lo perdimos —quizás sin notarlo— en vínculo.

Y en ese desplazamiento aparentemente trivial, se esconde una transformación mucho más profunda de la experiencia de viajar.

 

El viaje como experiencia compartida

Durante décadas, la fotografía de viaje no era solo un registro del lugar, sino una prueba del encuentro. No solo con el destino, sino con los otros.

Pedir una foto implicaba varias cosas al mismo tiempo:

  • Reconocer al otro como alguien confiable.
  • Aceptar cierta vulnerabilidad (¿saldrá bien? ¿me devolverá la cámara?).
  • Interrumpir la propia experiencia para abrirla a alguien más.

Había una negociación silenciosa: una sonrisa, un gesto, a veces un intercambio mínimo de palabras en distintos idiomas. Pero suficiente para recordar que el mundo no era solo escenario, sino también comunidad.

El otro no era un obstáculo en el encuadre. Era parte de la escena.

 

La revolución del selfie: control sin encuentro

La llegada del smartphone con cámara frontal no solo cambió la técnica fotográfica. Cambió la forma en que nos posicionamos en el mundo.

El selfie no necesita del otro. No requiere mediación. No exige confianza. No interrumpe. No incomoda. No arriesga.

Es perfecto… y es solitario.

En el selfie, el viajero se convierte en protagonista absoluto y, al mismo tiempo, en su propio fotógrafo. Pero en ese doble rol, algo se pierde: la posibilidad de salir de uno mismo.

El mundo deja de ser un espacio de interacción para convertirse en fondo. El paisaje ya no se habita: se utiliza.

 

La ilusión de conexión

Paradójicamente, nunca compartimos tanto nuestras experiencias de viaje como ahora. Las redes sociales están saturadas de imágenes, historias, reels, transmisiones en vivo.

Pero esa hiperexposición no necesariamente implica mayor conexión.

El selfie construye una ilusión: la de estar mostrando el mundo cuando, en realidad, muchas veces estamos mostrando una versión cuidadosamente editada de nosotros mismos en ese mundo.

No hay intercambio. No hay mediación. No hay otro que intervenga en la construcción de esa imagen.

Es una experiencia cerrada, incluso cuando se publica.

 

El otro como ausencia

Lo más significativo no es lo que el selfie muestra, sino lo que elimina.

En esas imágenes:

  • No está la persona que podría haber sostenido la cámara.
  • No está la conversación breve que pudo haber existido.
  • No está el gesto de confianza.
  • No está la posibilidad de error compartido.

El otro desaparece.

Y con él, desaparece una dimensión fundamental del viaje: la de ser atravesado por lo inesperado, por lo humano, por lo que no controlamos.

 

Viajar como acto de apertura (y no de control)

Viajar, en su esencia más profunda, nunca fue solo desplazarse. Fue —y debería seguir siendo— un ejercicio de apertura.

A lo distinto.
A lo incómodo.
A lo imprevisible.
A los otros.

El gesto de pedir una foto era, en miniatura, todo eso.

Hoy, la lógica del selfie responde a otra necesidad: la de controlar la narrativa. Elegir el ángulo, repetir la toma, editar la imagen, eliminar lo que no encaja.

Pero el viaje no es —o no debería ser— un acto de control.

Es, precisamente, lo contrario.

 

El riesgo de convertir el mundo en escenografía

Cuando todo se vuelve selfie, el mundo corre el riesgo de transformarse en escenografía.

Los destinos dejan de ser lugares con historia, cultura y personas, para convertirse en fondos reconocibles. Iconos. Checkpoints visuales.

El viajero ya no se integra: se superpone.

Y en esa superposición constante, el viaje pierde densidad. Se vuelve liviano, repetible, intercambiable.

Da lo mismo dónde estamos, mientras la imagen funcione.

 

Recuperar el gesto perdido

No se trata de demonizar el selfie. Es una herramienta, y como tal, tiene su valor.

Pero quizás sea momento de recuperar ciertos gestos.

Volver a pedir una foto.
Volver a confiar.
Volver a interactuar, aunque sea por unos segundos.

Porque en ese gesto mínimo se recupera algo mucho más grande: la conciencia de que el viaje no es solo nuestro.

Que siempre hay otros.
Que siempre hay alguien más.
Que el mundo no es un fondo, sino un entramado de miradas.

 

La foto que no controlamos

Hay algo profundamente valioso en la foto que no controlamos del todo.

En la que otro encuadra.
En la que otro decide el momento.
En la que algo puede salir imperfecto.

Esa imagen tiene algo que el selfie rara vez logra: contiene la huella de otro ser humano.

Y en esa huella, en esa pequeña pérdida de control, aparece algo más verdadero.

 

viajar es, todavía, encontrarse

Tal vez el problema no sea el selfie en sí, sino lo que revela de nosotros.

Una época que privilegia la autosuficiencia por sobre el vínculo.
El control por sobre la experiencia.
La imagen por sobre el encuentro.

Pero viajar sigue siendo —a pesar de todo— una de las últimas grandes oportunidades para salir de esa lógica.

Para mirar y ser mirados.
Para confiar.
Para interactuar.
Para recordar que no estamos solos.

Quizás la próxima vez que estemos frente a un paisaje, en lugar de estirar el brazo, podamos hacer algo más simple —y más difícil—:

Mirar a alguien. Sonreír. Y decir:

 

“¿Nos sacás una foto?”

 

 

Por Gabriela Marinelli para Turismo Tv

Escribir comentario

Comentarios: 3
  • #1

    Lucas (miércoles, 08 abril 2026 12:34)

    Me hizo pensar en cuántas veces elegimos la foto perfecta en lugar de un pequeño intercambio con alguien. Parece menor, pero cambia bastante la experiencia.

  • #2

    Mayra (jueves, 23 abril 2026 12:23)

    Mirar a los ojos? Que es eso? Jajajaj

  • #3

    Patricio (jueves, 23 abril 2026 12:25)

    Buena forma de "levantar" en nuestra época. Era joven en los 80! Muy buena la nota!

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